Así no, Fernando
Creo que todos los que me conocéis un poco, sabéis ya de la admiración y respeto que le profeso a uno de los cuatro pilotos, en mi opinión, con más talento de la historia contemporánea del automovilismo. Si a esto añadimos el paisanaje asturiano y el cariño de vecindad que me une a Fernando Alonso, no creo que nadie pueda tildarme de «antialonsista» o «antipatriótico». Si acaso, de antipático. Sin pretender siquiera acercarme a la verdad absoluta, intento ser todo lo objetivo que mis múltiples defectos me permitan. Duermo mucho más a gusto, si escribiendo de lo que más me gusta, lo hago de acuerdo con mi conciencia.
Una cosa es el respeto, admiración y paisanaje y otra muy distinta es la adulación borreguera y el amén sí señor, a todas tus obras. Fernando Alonso Díaz, se equivoca gravemente en sus continuadas insinuaciones de inminente deserción. Las declaraciones hechas ayer, colman ya el jarrón de los despropósitos y se me antojan desleales y hasta obscenas. «Debo rendir al máximo e intentar que los equipos grandes tengan confianza en mí». De no haberlas escuchado de viva voz, habría jurado que se trataba del enésimo invento maligno del sensacionalismo anglosajón. Sinceramente, no me esperaba algo así.
Es como escupir en la cara a quien tan generosamente te ha tendido la mano. No debería olvidar que tras sus problemática salida de McLaren, pocas escuderías estaban en condiciones de asumir el caché contractual de una superestrella. Renault lo hizo tirando la casa por la ventana. Con más de catorce millones de euros/año, el asturiano es el piloto mejor pagado del automovilismo y el cuarto en el ranking mundial de los deportistas con mayores ganancias; con un contrato plagado de clausulas escapatorias en su favor. Si todo eso no es de agradecer, cualquier humilde mortal «mileurero», ya no sabrá dónde termina la desfachatez y comienza la desvergüenza.
Nadie le puso una pistola en el pecho para irse a Renault. Ya sabía lo que iba a encontrarse allí. No es la primera vez ni será la última que un gran constructor equivoca el camino, viéndose condenado a vagar durante varios años en el desierto de la frustración. A Renault se le podrá reprochar su falta de previsión en el cambio a Bridgestone como proveedor oficial de neumáticos, no pudiendo o no queriendo reinventar el concepto de sus monoplazas, tan dependientes y condicionados al comportamiento y características de las gomas Michelin; pero no se merecen unas declaraciones tan desleales y carentes de estilo, como las hechas ayer por Fernando. Máxime cuando la escudería del rombo fue la más perjudicada con su «tocata y fuga» del 2007 hacia la pérfida McLaren.
A buen seguro que ese permanente «tiro la piedra y escondo la mano», serán bien tenidos en cuenta por sus pretendidos nuevos patronos, pues a ningún gran empresario le agrada que cualquiera de sus empleados amenace con desertar al presentarse las primeras dificultades. Alguien del entorno del formidable campeón debería instarle a comportarse como tal, también en la adversidad y en el terreno de la ética; no sólo al volante de un coche ganador. De nada sirven esos posteriores intentos de retirar la mierda: «Tenemos que mejorar en Renault, para poder tener la oportunidad de correr con un buen monoplaza la próxima temporada».
Si lo que pretende es irse el próximo año a Ferrari o a BMW (no cabe otra posibilidad de mejora), debería de plantearlo con honradez y valentía, instando a toda su artillería de representantes a negociar seriamente a tal efecto. El primero en saberlo debería de ser Renault. No se merecen otra «espantada» del asturiano tras las faldas de un nuevo amor. Quienes en muchas ocasiones han hecho de tripas corazón, intentando justificar alguna de sus controvertidas reacciones, tampoco lo merecen. Todos queremos ver a Fernando sentado en un coche ganador, pero no a cualquier precio. Mientras tanto, más clase, menos cháchara y algo más de agradecida lealtad. Cualquier otra actitud no haría sino reforzar la cantinela de sus detractores. «Muy buen piloto, pero muy mala persona».